La estabilidad y la permanencia de nuestro sistema político provenían lo mismo de un vertical y aceitado modelo autoritario que de una pasmosa abulia social, acostumbrada tanto a la desigualdad como a la ineficacia de sus gobiernos, pero algo comenzó a cambiar con el arribo de las TIC’s y su masivo uso para otros fines, ajenos al divertimento y a la información. El uso político de las redes sociales, dice el sociólogo catalán Manuel Castell, constituye la nueva forma de comunicación política para la que los gobiernos son un estorbo, ya por su inoperancia para entender los ritmos del pulso social como porque, a diferencia de los medios impresos y electrónicos, no tiene posibilidad alguna de censurar la información que ahí se produce. Nos guste o no, en la “era de la información”, las nuevas tecnologías no pueden por sí mismas cambiar lo que pasa en la sociedad, pero han venido a cambiar las reglas del juego constituyéndose como un vehículo de comunicación más emocional que racional, más estridente que efectivo, pero mueven a la opinión pública y eso tiene un valor muy alto en el mercado electoral.
Hartazgo. Desde 1995, Latinobarómetro realiza estudios de opinión en América Latina y, a partir del primer registro y hasta el último reporte del 2017, nuestro país ha caído sistemáticamente en el aprecio por la democracia, como se desprende del gráfico que describe ese preocupante fenómeno, pues seríamos el país que más prolongada caída hemos tenido en ese período. No es casual que dicho período corresponda con el de mayor pluralidad política, la creación del IFE ciudadanizado, ni con la mayor inversión en elecciones en la historia. Así, para la mayoría de los electores, estos cambios no han traído el ansiado camino a la prosperidad y a la justicia que tanto se promete en las campañas electorales; ni la pluralidad ni la alternancia son culpables de tal estado de cosas, pero es evidente que no han sido suficientes para corregir los principales déficits de nuestro sistema político: una mejor cultura política democrática, una mayor eficacia gubernamental y la disminución de la corrupción política.

Desilusión. El arranque del gobierno de EPN fue meteórico; un muy buen gabinete (el mejor de los últimos 25 años, http://archivo.estepais.com/site/2013/habilidad-politica-del-ejecutivo-un-analisis-del-del-gabinete-de-enrique-pena-nieto/), el Pacto por México, el arranque de las reformas estructurales y una muy atractiva campaña de comunicación social que vendió muy altas las expectativas de que “ahora sí” vendrían los cambios esperados; sin embargo, el panorama comenzó a oscurecerse con las elecciones locales del 2013 que volvieron a revivir la vieja demanda del “fraude electoral”, desterrada del lenguaje político en la etapa de los gobiernos panistas. Hay que decirlo, el PRI no se montó en ese discurso tan beligerante cuando fue oposición en los 12 años del panismo. Sin embargo, las negociaciones en el Congreso metieron lo mismo reformas estructurales que políticas, circunstancia que dio paso, primero, al adefesio de la reforma política del 2014 que hoy inunda al país con la “spotiza” y, segundo, a una reglamentación electoral que ha perdido su eficacia ante la excesiva regulación de todo y la sanción de nada. El último trimestre del 2014 fue el punto de quiebre: sobrevinieron los casos de Ayotzinapa (en donde Nuño aconsejó dejar el tema “local” al gobernador del PRD); luego, la Casa Blanca ( en donde inopinadamente salió a autodefenderse pésimamente “La Gaviota”) y, de inmediato, el fallido concurso del tren México-Querétaro (donde Ruiz Esparza cuestionó públicamente la decisión presidencial de suspender la obra) en el que se conjugaron lo mismo presiones de EUA por la inminente y cuantiosa inversión del gobierno Chino. Lo demás fue, como dicen los especialistas, “consecuencia del primer error”.
Sometidos a un clima adverso de opinión pública, ya comenzada a dominar por las redes sociales, vino a poner de manifiesto la incapacidad gubernamental para salirse del script de improvisar “arrojando sangre al graderío”. Era la época de Nuño y de Videgaray aconsejando que no se gobierna para “la plaza pública”. Fueron los días de aquella editorial gringa acerca del equipo de EPN, que “no entiende que no entiende”. Si algún culpable puede identificarse, ésa debe ser la soberbia colectiva del Círculo Dorado del presidente Peña. La gráfica es muy elocuente: la caída en las preferencias del PRI son consecuencia del rechazo al gobierno de EPN. Lo que siguió fue la cosecha de yerros tras yerros, como aquel de “ya sé que ustedes no aplauden”, de febrero del 2015. Aun así, el impulso le alcanzó para ganar una mayoría parlamentaria en las elecciones intermedias de ese año, impulso que decayó en el 2016 cuando comenzó la debacle electoral en las elecciones locales.

El saldo de 3 años de la soberbia endogámica que dominó al gobierno de EPN se reduce a las expresiones de quienes se consideraban sus amigos: “ya no escucha a nadie…”, “Videgaray lo tiene secuestrado con su equipo”, “no hay nadie que le evite la tristeza y la soledad en la que vive”… Por otro lado, fue la derrota cultural del modelo mexiquense, pues nunca antes tantos paisanos ocuparían roles tan relevantes en la política nacional pero, en vez de proteger a su líder, lo dejaron ir al despeñadero sin contemplaciones. Dijeron hasta hartarse que ellos sí sabían cómo y el corolario fue lapidario; sí sabían cómo… cómo robar. Ese fue el sello de este sexenio y esto es lo que tiene en el tercer lugar de las preferencias políticas a José Antonio Meade, un servidor público decente que bien hubiera hecho al país y a su trayectoria encabezando el Banco de México si se hubiera quedado en vez de usurpar una candidatura como extensión del dominio de Videgaray, el factótum de la política nacional que hasta el destape arrebató a su presidente. Son ellos, no los logros de AMLO, los que los tienen al borde de la derrota electoral.

Así como no hubo Fenómeno Fox en el 2000, sólo recordemos la crisis del 94’-95’, años del levantamiento zapatista por el TLC, del asesinato de Colosio y Ruiz Massieu, de la peor crisis económica del siglo XX y su correlativo, que fueron las derrotas electorales del 95’, la inauguración de la pluralidad local en el 96’ y la combinación de la derrota legislativa en el 97’ con el triunfo del PRD en la capital. Esos fueron como un juego de fichas de dominó que provocaron la derrota histórica del priismo. Lo mismo puede decirse del Efecto Peña, pues el PRI logró recuperar terreno sostenidamente en el 2003 y, con el traslado de recursos excedentes del petróleo a los gobernadores de la Conago, llevaron fondos inusuales a los “virreyes” que crecieron al amparo de la impericia del gobierno de Fox. Hoy tampoco asistimos al fenómeno AMLO, pues es muy evidente a nivel internacional el triunfo de los más conspicuos conservadurismos vestidos de populismo y apoliticismo que ahora se consolidan con la larga época de hartazgo social y la desilusión política que encarnó el priismo de Peña. Andrés Manuel no estaría dónde está por su tozudez, pero sin la complicidad de los yerros del equipo de Peña no sería lo que hoy representa para millones de mexicanos: un político distinto.
No, no es distinto para mí, pero sí lo es para millones de mexicanos enardecidos contra su clase política, irritados porque “nos volvieron a engañar”. Acá nadie es responsable del desánimo popular más que el gobierno y, de nuevo, no lo digo yo. Así se sienten muchos electores que piensan que la llegada del Gran Tlatoani salvará al Imperio Azteca de su debacle; no el esfuerzo y el cambio de hábitos desde abajo, sino por la obra y gracia de los gobernantes. Elegir entre los peores no es ninguna opción inteligente, pero es lo que hay.
Kakistocracia. Michelangelo Bovero, uno de los principales discípulos de Norberto Bobbio, trajo a la modernidad una expresión griega que literalmente significa “el gobierno de los peores” y con ello se refería al final del mandato del primer ministro italiano Silvio Berlusconi, quien representó “un tipo de gobierno plutocrático-demagógico-autoritario, basado principalmente en la idiotización mediática de grandes masas electorales”. Sí, en serio lo dijo. Pero lo dijo para Italia, no para México. Ah, si no nos sonará conocido… Tenemos lo que nos merecemos por ser una sociedad profundamente apática en los temas políticos que, por complejos, reducimos al simple cambio de autoridades pensando que unas serán mejores que otras. Pero, en el fondo, si no cambian nuestros hábitos democráticos e insertamos valores éticos en nuestras conductas cotidianas, pues seguirán llegando al poder el vivo reflejo de lo que somos como país.
Apenas comenzaron las campañas presidenciales y el alud de propuestas demagógicas brillan por sí solas; oficina de ética en la presidencia, dice Margarita, quien apuesta todo a la expresión de valores; serán las TIC’s las generadoras del desarrollo, ofrece Anaya, quien asume que vivimos en un país sin las profundas contradicciones sociales existentes; me bajaré el sueldo y haremos de Los Pinos el complejo cultural más grande del mundo, nos dice AMLO, que es para muchos miel en el oído. Esta elección dejará a un país más dividido que en 2006, con una mayor irritación social, y pondremos en el gobierno a unos verdaderos kakistócratas, porque eso es lo que hemos prohijado y alentado en muchos sentidos.
Pero espero que con esto la clase política por fin toque fondo y emerja una nueva generación que comprenda que el gobierno es una tarea de especialistas, en donde la honradez es una obligación ética. La tecnocracia nunca logró desentrañar la complejidad política, lo mismo sobre lo que el populismo no pudo tener ni orden ni eficiencia en las cuentas públicas. Las nuevas generaciones tendrán que abrevar lo mejor de ambos mundos, porque ya no queda mucho tiempo. El descontento domina el ánimo popular y ahora serán las campañas las que terminen por perfilar al ganador. Nada está definido y así ha sucedido desde 1994: el que arranca como puntero en las encuestas no siempre ha ganado las elecciones presidenciales.