A escasos días del arranque de las campañas en el Estado de México, las apuestas electorales siguen teniendo mucho de especulaciones cafeteras y poco de argumentos empíricos.
Hace meses vengo diciendo que sería una elección a tercios, y hoy las encuestas confirman esta percepción; igualmente, muchos advierten que ganará quien menos errores cometa. Por supuesto, las tácticas pueden ser diversas, pero hay tres elementos clave en el diseño de cualquier campaña, sobre la elección del racional-creativo de la propaganda: esperanza-miedo; cambio-continuidad, y agenda emblemática-contraste mediático.
A estas alturas los estrategas ya han decidido las primeras piezas de la campaña; falta poco para evaluar su impacto, y hay que destacarlo: quien mejor arranque tomará una ventaja que quizá sea determinante en el resultado pues, en una campaña de apenas 60 días, recomponer sumaría dificultades tácticas.
Soy de los que piensan que las elecciones cerradas –como lo será ésta– son resueltas más por el peso y la eficacia de las estructuras territoriales que por las campañas mediáticas; aunque importantes, éstas sólo vienen a incentivar la participación y refrendar las simpatías de los electores ubicados en el segmento del “voto duro” (como lo ha documentado muy bien Alejandro Moreno en un estudio de poco más de un año de encuestas que recientemente publicó el periódico “El Financiero”).
Siguiendo esta lógica, el papel simbólico de las imágenes resulta un factor estratégico:
a) Josefina Vázquez Mota ha sido arropada por toda la clase política de su partido y tiene una campaña en medios muy bien estructurada; el resultado buscado por el PAN descansa en la lucha con Morena para alcanzar un segundo lugar competitivo y disputar el “voto de castigo” o “estratégico”. Como lo he anotado antes en este mismo espacio, este partido goza de una sólida base territorial y es competitivo (más de 20% en 57 municipios), pero necesita duplicar su votación previa (del 17%, durante 2015) para aspirar a ganar. El principal obstáculo de Josefina sigue siendo la credibilidad, pues las acusaciones –a ella y recientemente a su familia– por un manejo irregular de dinero amenaza en convertirse en una constante, y así ¿cómo hará creíble su discurso de combate a la corrupción?
b) El PRI gozaba de todos los elementos de análisis a su favor: la mejor estructura territorial, que es muy competitivo en 124 de los 125 municipios, que cuenta con recursos económicos incalculables y que se han dejado sentir en todos los espacios del poder público. Tienen un candidato muy carismático y han hecho del papel simbólico del tamaño de sus estructuras territoriales una imagen alegórica (“vean cuántos somos, para que nos tengan miedo”). No obstante, el tamaño, la militancia navega en un mar de incertidumbres ante la escasa capacidad de liderazgo de sus dirigentes formales (EPN, EAV, AM, AMM, ENA, etc.); no es que no la tenga, es que no se ha logrado transmitir con eficiencia: quién conduce y cómo trabajará su enorme militancia sigue siendo una incógnita a escasos días del arranque de las campañas. Definir los municipios estratégicos y hasta las secciones más rentables no es suficiente para “emocionar” a la tropa; el déficit es evidente: sobran generales, despachos, asesores externos, pero falta espíritu de unidad. Urge que lo resuelvan si quieren ganar.
c) Para Morena todo es ganancia, pues obtuvo el 10% en su primera elección en el estado y, a pesar de que no ha ganado nada relevante en el país, goza de una campaña mediática eficaz (aun con las enormes debilidades de su candidata). Soy de los que piensan que se trata de la combinación de una burbuja informativa –producto del rol de AMLO en este proceso– con las “simpatías” de buena parte de los medios hacia esta expresión que simboliza el “antipriismo”. No obstante, para que este partido aspire a competir debería al menos triplicar su votación previa, más los antecedentes no le ayudan: si bien duplicó su votación entre 2015 y 2016 en Veracruz y Zacatecas, en la primera entidad el financiamiento de Duarte no ha sido desmentido y, aunque no lo haya recibido AMLO, las evidencias incriminan a su dirigencia local; en tanto, en la tierra de Ricardo Monreal existía una base de apoyo territorial que se había movido al ritmo y dirección del cacicazgo de su familia (las tácticas del equipo de Delfina Gómez se parecen mucho a las empleadas por José Dirceu para posicionar a Lula da Silva en su primera campaña ganadora; ella no es la estrella pero goza de un equipo de expertos, de un movimiento de irritados y de una generación de simpatizantes en las redes muy innovadora, que reta constantemente al poder y alimenta la indignación popular). El reto, sin embargo, es considerable para ellos; deben desplazar a la otra izquierda (PRD-PT-MC, que juntos obtuvieron el 23% en las elecciones locales de 2015) y trasladar el mayor número de simpatizantes a su causa, antes de seguirse peleando con el PAN. Adicionalmente, requieren construir una estructura territorial que sea igual de combativa que la de sus redes. Por último, y no menos importante, deben mejorar la calidad comunicacional de Delfina, que resulta ser una pésima candidata; guardarla de los medios y evitar que hable podría ser una salida anticlimática pero asertiva. Aumentar su cuota electoral –con independencia del lugar que ocupen– dejará satisfecho a AMLO y le daría aire, incluso perdiendo, para seguir auto inmolándose rumbo a 2018. Su estrategia es egoísta pero muy efectiva para todo el partido dado que, si aumenta su cuota electoral, crece su financiamiento público local y los tiempos en medios, con los cuales podrían apostar a triunfos locales en mejores condiciones para 2018.
Para efectos de cálculo, hay dos incógnitas por dilucidar: por una parte, PRD, PT y MC pelean cuerpo a cuerpo sus territorios en contra del avance de Morena; evitar una mayor sangría de militantes a una izquierda más competitiva parece ser el dilema más relevante: sin este trasvase de electores, la opción de un voto útil o estratégico podría ser intrascendente. Además, el o los independientes, que sólo vendrán a fragmentar el voto sin ninguna opción real de triunfo (sin embargo, a quién le quitan los votos, y en dónde, podría ser muy significativo para el resultado final).
Casi nadie le presta atención a un hecho poco señalado: por vez primera, los coaligados del PRI podrían otorgarle el triunfo. Sea que sumen 6% en su límite bajo o 10% en uno probable, su aporte sería estratégico en el triunfo de la coalición y, con ello, las posibilidades del primer gobierno de coalición local en 2018 sería una condición inédita para el Estado de México. Juntos habrían logrado el 44% en 2015, y con ellos el PRI podría aguantar una caída de hasta de 10 puntos y seguir siendo muy competitivo en una lucha de tercios.
Las campañas están a la vuelta de la esquina, y me ocuparé del inicio de ellas en una próxima colaboración.