La pandemia por Covid-19 inició en Asia y se controló pronto; luego Europa se convirtió en epicentro y aquello fue un desastre. Hoy, América es la zona en la que los contagios parecen fuera de control y las muertes no dejan de crecer. América Latina es una de las zonas del planeta más golpeadas hasta ahora.
Es el mismo virus, la misma enfermedad, pero los resultados han sido diferentes. ¿En qué ha residido la diferencia? Sin duda en el modelo de gobierno, las características de las sociedades y en los patrones culturales.
China, Japón, Corea, Taiwan, Vietnam, Hong Kong o Singapur, al igual que otros países de la región asiática tienen varias formas de gobierno con una raíz común que tienen en el centro un fortísimo principio de autoridad que les viene de su tradición cultural. Las personas son abismalmente más obedientes y ordenadas que en nuestra sociedad. Igualmente tienen una muy sólida confianza en el Estado, además de que escuchan y obedecen a las autoridades. En este otro lado del mundo, donde vivimos nosotros, el Presidente de la República es poco menos que materia de Meme y la autoridad sanitaria el villano favorito o el target al que lanzarle los dardos más inverosímiles.
Por esta centralidad del sentido de autoridad, en Asia la vigilancia digital es, desde hace ya varios lustros, el nodo principal del ejercicio de gobierno. Nadie se asusta y muy pocos se resisten, por ejemplo, a que el Estado vigile a través de millones de videocámaras o del registro de datos del teléfono celular y la computadora cada movimiento de las personas.
Acá la protección de datos personales es enarbolada como indiscutible logro de la democracia y como última trinchera del ciudadano frente al Estado. La resistencia a estar todo el tiempo vigilado ha operado en contra en estos tiempos de pandemia.
En países asiáticos como los referidos está documentado, por ejemplo, el irrestricto intercambio de datos entre los proveedores de Internet, de telefonía móvil y las autoridades. El Estado tienen acceso a datos de todo tipo de cada persona y con base en ellos toma decisiones.
Acá la protección de datos personales es enarbolada como indiscutible logro de la democracia y como última trinchera del ciudadano frente al Estado
En China, por ejemplo, el modelo de “crédito social” está basado en la enorme cantidad de datos que las autoridades compilan sobre el comportamiento de cada persona. Como destaca el filósofo coreano Byung-Chul Han, “en China se controla cada clic, cada compra, cada contacto, cada actividad en las redes sociales. A quien cruza con el semáforo en rojo, a quien tiene trato con críticos del régimen o a quien pone comentarios críticos en las redes sociales le quitan puntos. Por el contrario, a quien compra por Internet alimentos sanos o lee periódicos afines al régimen le dan puntos. Quien tiene suficientes puntos obtiene un visado de viaje o créditos baratos. Por el contrario, quien cae por debajo de un determinado número de puntos podría perder su trabajo”.
Al momento de presentarse la pandemia de Covid-19, los países asiáticos no hicieron sino emplear esta estructura de ejercicio de gobierno para aplicarla en el combate al virus. El big data generado, administrado y aprovechado por el Estado ha sido la principal forma de controlar los contagios. La autoridad conoce prácticamente todo de todas las personas, así que “sólo” fue cuestión de aplicar algoritmos que identificaran casos y pedir a los ultraprocesadores de datos información sobre sus movimientos, zonas de tránsito, contactos, interacciones y atajar a las personas que, además, sin apenas decir nada acatan medidas como encerrarse, dejar de visitar a la familia, salir de compras, etc. Así fue como en cosa de semanas los contagios estuvieron bajo control, precisamente porque la gente está todo el tiempo vigilada y bajo control. Es un modelo de estado policial digital que, al menos para este problema, resultó muy eficaz.
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A lo anterior hay que sumar los patrones culturales que tienen como valor importante el colectivismo: una forma de ser y hacer que relega el valor y la propiedad individual en favor de los bienes y valores colectivos que, además, otorgan al Estado la facultad de distribuir la riqueza. El grupo es más importante que el individuo y este último tendrán que “sacrificarse” por los demás si se le pide acatar cierta orden u observar determinada conducta. En los tiempos del Covid-19, insisto, eso fue fundamental
En contraste, en los casos de Europa Ocidental y América, el sistema de ideas que soporta la cultura liberal, individualista, de protección de las garantías y los regímenes limitados y hasta maniatados se han visto incapaces de contener los contagios, porque no están facultados para contener a las personas. La protección jurídica de datos personales y la conciencia crítica ante la vigilancia digital son definitivamente más fuertes que en China o Vietnam, incluso que en Japón, donde apenas y es tema el cuestionar por qué la autoridad necesita compilar datos sobre la gente.
Acá hay leyes, institutos, jurisprudencia y mucho activismo para proteger al individuo frente al Estado. El individualismo (incluso agravado en su forma de egoísmo) es el corazón de nuestra cultura política, en el marco de lo cual hasta resulta “problemático” que el Estado critique mis hábitos alimenticios y me diga que no debo comer “chatarra”, porque ello me predispone a padecer enfermedades como la actual pandemia.
El individualismo, característico de nuestra cultura política, es el principio a partir del cual se asume que el Estado no puede obligarme a algo
En este marco, los gobiernos han visto con mucha frustración que ordenan cuarentena y la gente se mantiene en la calle; que piden evitar concentraciones de personas y la gente no deja hacer fiestas; que les piden confinamiento y la gente ve como un logro salir y “aprovechar que no hay tráfico”. En China un dron vigía se acercaba a las personas que osaban violentar la cuarentena y le recordaba regresar a casa. El ciudadano, que se sabía vigilado por las cámaras de la policía, acataba.
Acá, las patrullas hacen rondines para invitar a la gente a quedarse en casa y los ciudadanos les mientan la madre y luego se ríen. Incluso hemos comentado acá los muy vergonzosos casos en que pueblos enteros se “revelan” y buscan linchar a personal sanitario, policías, médicos y otras figuras de autoridad acusándolos de esparcir el virus. Sin duda los principios en que se motiva el comportamiento son muy distintos.
El individualismo, característico de nuestra cultura política, es el principio a partir del cual se asume que el Estado no puede obligarme a algo, no al menos sin acercarse de manera peligrosa a la violación de garantías. Apelar a la conciencia, a la solidaridad, a la empatía, a la responsabilidad de las personas es el recurso que tuvieron a la mano las autoridades de esta parte del mundo para tratar de evitar la propagación de virus. Los resultados están a la vista para cada país.
Los modelos asiáticos de Estado policial digital, al menos para este problema, resultaron más eficaces. Los “asegunes” de formas de gobierno así pueden ser materia de amplio debate, de poner en la balanza la libertad individual y el bienestar colectivo; de ponderar las consecuencias de los actos individuales en el ámbito social. Encierran una discusión muy fuerte sobre nuestras concepciones de persona, ciudadano, sociedad y Estado.