Desinformación y sus variaciones

No todo lo que la gente publica, lo que nos comparte y pide que difundamos es información
25 mayo, 2020
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Desinformación es un signo de nuestros tiempos. La circulación de noticias falsas es un fenómeno corriente en estos días. Cualquiera que tenga una cuenta en Facebook y en Twitter o utilice cotidianamente WhatsApp puede constatar que todos los días circulan por esas plataformas miles de contenidos inverificables, tergiversados, sacados de contexto, engañosos o abiertamente mentirosos. Sin embargo, su circulación es posible en la medida que haya quien los replique. Esto es: alguien crea un contenido engañoso y lo sube a su muro; puede quedarse ahí y no ser visto mas que por la limitada red de contactos de esa persona, pero si una, dos, tres o más personas lo comparten, empieza a crecer exponencialmente su capacidad de llegar a miles y miles de personas. Quien creó dicho contenido puede haber tenido datos escasos, falta de multiplicidad de fuentes y poco interés en contrastar versiones o, sencillamente, quería engañar al crear el presunto contenido. Pero el resto de personas que lo comparten y lo hacen circular ¿qué motivación tienen?

La circulación de noticias falsas llega a ocasionar problemas sociales de violencia, incertidumbre, alarma, desconfianza, intolerancia, racismo, discriminación, entre otros


Pongamos un ejemplo: alguien toma una foto de una camioneta estacionada. Es un vehículo convencional, aunque con ciertas características como vidrios polarizados y un dos sujetos a bordo en tanto que uno más está de pié conversando con el que se ubica en el asiento del copiloto. Esta escena tiene como marco un lugar como hay miles en el país: entorno urbano, anuncios, comercios, etc. Por el grado de amplitud de la toma es sumanente difícil ver exáctamente dónde es, las placas tampoco son visibles ni los rostros de las personas, pues la toma es relativamente lejana. A esa imagen alguien le agrega este texto: “Cuíden a sus hijos. Esta camioneta con tres tipos se estaciona afuera de las escuelas y toma fotos a los niños. Se sabe que los están robando para tráfico de órganos. Mucho Ojo. Ayer los vieron por la colonia Juárez, a tras del kínder. Comparte. Hay que cuidarnos entre todos.”

El que la creó puede haber tenido ciertos datos que le llevan a creer que es necesario que la gente los sepa por su seguridad. Pero también puede tratarse de alguien que sabe que eso no es cierto, que la foto la bajó de Internet y su intención no es informar sino justo lo contrario: crear confusión, engañar, asustar, agitar. Bueno, pero al margen de la intencionalidad original ¿qué es lo que motiva a la gente a seguirla replicando en cadena hasta que la imagen y su mensaje llega a miles de personas? Puede haber muchas explicaciones, pero todas ellas se aparta de los principios básicos del acto de informar e informarse:  no hay posibilidad de constatar personalmente los hechos, no se tiene acceso más que a una fuente, la misma es anónima, no hay posibilidad de réplica, no alude a ningún dato específico, inequívoco o preciso y, en cambio, es atractivo/preocupante/creíble.

Como este ejemplo pueden ponerse muchos que aluden a presuntos actos de servidores públicos, a cuestiones de salud, laborales, de mercancías, de alimentos, de partidos políticos, de actos delictivos, etc., etc., etc. Son innumerables. Hay también muchos que son antigüos, de otros países, que son casos resueltos y aclarados, pero que siguen circulando y contribuyen a un clima general de desinformación. Se sabe que los usuarios de Facebook, Twitter y Whats App se cuentan por miles de millones en el mundo, así que el tamaño del fenómeno es inconmensurable. 

Mezclados con chistes, memes, pensamientos positivos, notas informativas de medios convencionales, boletines gubernamentales y videos de gatitos, estos contenidos nos llegan de parte de familiares, amigos, compañeros, vecinos y nos invitan a compartir. Este acto no lleva más que una fracción de segundo y un ligero movimiento de los dedos. “Nada nos cuesta” y, en una de esas, ayudamos a evitar un problema.

No todo lo que la gente publica, lo que nos comparte y pide que difundamos es información


En los últimos meses, producto de la situación inédita por la que atraviesa el mundo, derivada de la pandemia del COVID-19, se ha puesto especial atención a los contenidos que circulan en torno a esta enfermedad y a la propagación del virus que la ocasiona, y se ha alertado sobre cómo la desinformación pone en peligro la vida de las personas. Pero es un hecho que este tipo de prácticas, en la que se produce y hace circular información falsa, son cotidianas. Es más, son inherentes a las redes sociales porque, como ya lo hemos dicho en otras ocasiones, el que todo mundo pueda producir y compartir contenido hace desaparecer los controles de calidad propios de los profesionales que, por oficio, están obligados a garantizar el derecho a la información de la gente siguiendo ciertos principios básicos como ser precisos, claros, contrastar, corroborar y mantenerse imparciales.

La circulación de noticias falsas llega a ocasionar problemas sociales de violencia, incertidumbre, alarma, desconfianza, intolerancia, racismo, discriminación, entre otros. Al concepto clásico de desinformación, que puede ilustrarse con el ejemplo antes puesto, hay que agregar otros que son propios de nuestras prácticas actuales y que se necesitan entender para conseguir estar bien informados: Primero está lo que algunos estudiosos de estos temas llaman la “para-información”, que no es sino el boletín de una entidad gubernamental, una empresa o un actor. Su característica es que dará siempre sólo una visión del tema: la que interesa a ese ente que lo ha pronunciado. 

Luego está la “pre-información” que es sólo una pista, un trascendido, que debe ser investigado con mayor profundidad, pero que se puede publicar como llamado de atención para continuar abordando la cuestión. En tercer lugar aparece la “intra-información”, que podríamos ilustrar con los análisis que alguien hace al respecto de por qué una información ha aparecido. Un cuarto tipo es la “Meta-información”, que se refiere al estudio de las consecuencias de que una información esté circulando o se haya hecho pública. En quinto término está la “sub-información”, que se puede ilustrar con el caso hipotético que antes pusimos de ejemplo; y, por último está la “contra-información”, que consiste en la preferencia por un tipo de información que ensalsa o denosta a alguien, ocultando u obviando lo que ese alguien hace de positivo. Este último tipo se puede ejemplificar con lo que la oposición hace al tratar de señalar que el gobierno hace mal todo y que nunca refiere algo positivo o no da crédito alguno a las acciones gubernamentales.

Tener en cuenta estos tipos nos permite identificar que no todo lo que la gente publica, lo que nos comparte y pide que difundamos es información. Uno en lo particular es el que debe asumir la responsabilidad de estar informado, de contrastar versiones, de ampliar sus fuentes, de mostrarse abierto a otros puntos de vista, a dar crédito a lo que está bien documentado y descartar lo que es abiertamente tendencioso, engañoso o evidentemente mentiroso. Cada que dejamos de hacerlo nos enclaustramos en un mundo en el que otras voces, otras visiones, otras posibilidades quedan anuladas; permanecemos atrapados por las burbujas de la desinformación que sólo nos confirma aquello en lo que ya creíamos y nos priva de ver más allá.

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