La próxima semana millones de niños y adolescentes en todo el país iniciarán el nuevo ciclo escolar. Se trata de una situación, a todas luces, extraordinaria. Las condiciones bajo las cuales retomarán sus labores escolares son, para la mayoría, inéditas. Bajo las circunstancias generadas por la pandemia de Covid-19 en México y el mundo, las autoridades educativas han tenido que improvisar un modelo de enseñanza-aprendizaje basado en el trabajo remoto (que prescinde del aula como espacio “natural”) y el apoyo de las tecnologías digitales. ¿Qué resultará de todo esto? Es absolutamente incierto. ¿Qué podemos esperar? Eso requiere revisar varias cosas.
Primero que nada, debe recordarse que el objetivo de la escuela es conseguir que las nuevas generaciones de la sociedad aprendan. El aprendizaje, en términos técnicos, es básicamente un cambio en la cantidad de información dentro de nuestra memoria. Y el aprendizaje escolar es, en términos generales, el principal criterio para ser evaluado. El ser humano en nuestros días es sometido a una evaluación constante para determinar su posición social. La que hemos generado es una sociedad en la que la evaluación determina qué soy y qué puedo hacer. Las instituciones educativas han recibido la encomienda social de señalar quién sabe y quién no, lo cual se convierte en una especie de “pase” para continuar en el juego social. En otras palabras, la escuela existe porque confiamos en que ella instruirá a quienes acuden para ser capaces de algo: leer, escribir, resolver problemas, inventar, curar, explicar, etcétera, dependiendo el nivel educativo.
Las instituciones educativas han recibido la encomienda social de señalar quién sabe y quién no, lo cual se convierte en una especie de “pase” para continuar en el juego social
Lo normal en nuestra sociedad es que “mandemos” a los niños a la escuela: un niño o joven que no asista a la escuela se encuentra en una situación anómala; ello ya es parte de nuestra mentalidad. También forma parte de nuestra creencias a priori que en la escuela se aprende. Entonces, tenemos una fórmula bastante naturalizada, según la cual a partir de los 3-4 años es necesario mandar a los niños a la escuela y lo ideal es que se mantengan en el ámbito escolar hasta que obtengan (librando cientos y cientos de evaluaciones), tras muchos años, una licencia para ejercer una profesión. No todos logran cubrir esa ruta y ello, en buena medida, determinará su posición en la sociedad.
Para saber más: Nuevo perfil de internautas tras cuarentena
Dentro de este marco de creencias, el que hoy los niños estén en la casa y no en la escuela, ya introduce una situación no-normal. De pronto, a todos nos han pedido aceptar que aún sin acudir a los planteles los niños pueden aprender; y no sólo eso, sino que aún sin acudir a la escuela seguirán siendo evaluados, lo cual determinará si siguen o no en la ruta que los conduzca al final exitoso de obtener respaldo documental a su saber, mismo que es carta de presentación social. Dicho en otras palabras, la labor de enseñar-aprender sigue operando; igualmente el mecanismo de evaluación. Lo que ahora cambiará es el escenario en donde todo ello ocurre.
A partir del lunes, millones de hogares de todo el país serán habilitados como escenario de enseñanza. A través de transmisiones televisivas se emitirán contenidos que es necesario que los niños y adolescentes procesen y, en el mejor de los casos, incorporen a la información que se acumula en su memoria y que tiene alguna utilidad. Por su parte, los cientos de miles de docentes, deberán cumplir con su tarea de determinar quien aprende y quién no, pero a través de medios remotos (plataformas digitales, básicamente) en los que estarán recibiendo evidencia de lo que hacen los estudiantes y, con esos elementos, deberán evaluar.
A partir del lunes, millones de hogares de todo el país serán habilitados como escenario de enseñanza
La cognición humana ha sido materia de estudio desde hace muchos años y algunas cosas han quedado en claro gracias a ello. Por ejemplo, se sabe que la información que entra al cerebro es procesada en tres diferentes estructuras, a saber: a) la memoria sensorial, b) la memoria de trabajo, y c) la memoria de largo plazo. Los canales sensoriales son sistemas como el visual y el auditivo: lo que vemos y escuchamos se convierten en estímulos del entorno. La memoria sensorial recibe el estímulo de los sentidos y lo almacena por un muy corto tiempo (entre 1 y 3 segundos). De esta manera, los niños frente al televisor estarán expuestos a infinidad de estos estímulos, pero ello no asegura más que un procesamiento fugaz de la información, como quien dice: “puede entrar por un oído y salir por el otro”.
Por su parte, la memoria de trabajo permite retener y manipular la información por períodos un poco más largos (de 15 a 30 segundos). El procesamiento de la información en esta memoria está relacionado con la actividad que estamos realizando de manera consciente. O sea, si asumimos que estamos aprendiendo algo, ello facilitará la manipulación de la información en cierto sentido, de lo contrario los estímulos visuales o auditivos serán desechados tan pronto como son recibidos. Si el niño asume que está viendo la televisión determinará un rumbo distinto para los estímulos.
Por último, la memoria a largo plazo está encargada de almacenar información diversa, relacionada con hechos, conceptos, imágenes, recuerdos y procedimientos, entre otros aspectos. Este tipo de memoria organiza y almacena la información en “esquemas” o constructos cognitivos que incorporan múltiples unidades de información dentro de una unidad singular de mayor nivel. A este punto es al que se espera que lleguen los estímulos emitidos a los estudiantes. Ello no siempre se consigue, ni siquiera en el aula; habrá que ver en qué medida se puede alcanzar en la sala de la casa, en la mesa de la cocina, entre los ruidos del vecindario, conviviendo con los hermanos, las mascotas, las actividades domésticas, etcétera.
Lee también: Covid-19: modelos exitosos y sus “asegunes”
Los esquemas o constructos cognitivos se producen en la memoria de trabajo y son precisamente ellos los que permiten procesar una cantidad mayor de información. El material que se transmita a través de la televisión para los distintos niveles educativos (a partir de la próxima semana y hasta nuevo aviso) tiene la nada sencilla tarea de conseguir que los estudiantes incorporen información útil a sus esquemas. Recordemos en qué condiciones han sido generados esos esquemas (la mayoría en interacción dentro del aula) y habrá que esperar que los mismos puedan articularse de alguna manera con los estímulos multimedia que ahora serán la base del proceso.
Se trata, sin duda, de un híbrido, de una condición experimental, de algo cuyos resultados no son del todo predecibles, fundamentalmente porque habrá una gran carga cognitiva extrínseca, lo cual entorpece los procesos de producción y automatización de esquemas cognitivos. O, lo que es lo mismo, la mayoría asume que en la escuela hay que aprender lo que diga el maestro (ahí se le da un sentido específico a los estímulos), pero ahora el maestro no estará presente. En cambio, estarán presentes muchos elementos irrelevantes para el aprendizaje, que meten “ruido” y hacen que el niño emplee parte de los recursos cognitivos en elementos que son irrelevantes en la resolución de las tareas que se le pida realizar.
Es una situación extraordinaria, para muchos anómala y de resultados inciertos. ¿Cuánto tiempo podrá funcionar esto? Tendrá que ser hasta que lleguen las vacunas, pues con la tendencia observada hasta hoy será muy difícil que lleguemos al semáforo epidemiológico en verde, que sería la situación en la que se autoriza a reanudar labores escolares. Estimo que ello será hasta el tercer trimestre del 2021.