¿Qué tan preocupada debe estar la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEMex) de que lleguen las tomas de planteles, los paros y confrontaciones que hoy vemos en muchos espacios de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)?
Tanto allá como acá se han hecho presentes colectivos feministas denunciando la violencia de género, el acoso y hostigamiento. En ambas instituciones educativas grupos (sobre todo de mujeres) han elaborado pliegos petitorios, han hecho que las autoridades se detengan a mirarlas, a atender sus reclamos y hasta sentarse a escuchar infinidad de casos reivindicados como bandera de lucha.
La semana pasada el Rector de la UAEMex y gran parte de su equipo de trabajo, así como directores de Escuelas y Facultades, se sentaron por segunda ocasión para dialogar con quienes han alzado la voz para reclamar nuevas condiciones de convivencia entre hombres y mujeres en los espacios universitarios. Este diálogo se dio al tiempo que en la UNAM se multiplicaban las tomas de planteles y los paros de labores con las mismas causas.
Tanto allá como acá han sido grupos reducidos los que se han hecho visibles. La mayoría de sus integrantes se cubren el rostro, desconocen la legitimidad de autoridades y exigen acciones, renuncias y espacios. Las autoridades de la UNAM han respondido sugiriendo que hay grupos de interés, ajenos a la institución, interesados en desestabilizarla. Han acusado a varias organizaciones políticas, incluso extranjeras; igualmente al interior de varios planteles miembros de sus comunidades han acusado que son gente “de fuera” la que protagoniza las tomas y paros.
En el caso de la UAEMex el episodio de “la toma” del edificio de Rectoría a finales del año pasado ha sido el más álgido de esta oleada de activismo feminista. En ninguna de sus Escuelas y Facultades se ha llegado al paro de labores. Sin embargo, la cercanía con la ciudad de México, la comunicación entre estudiantes y activistas, la movilización de los colectivos vuelven legítima la pregunta de si pueden presentarse acá escenarios como los de la UNAM.
Estimo que sí es posible y ello se debe a varias razones. La primera de ellas es lo legítimo de sus reclamos. Se puede no estar de acuerdo en las formas y criticarse algunas acciones específicas, pero el fondo de la cuestión (la equidad, el respecto, la inclusión, la protección, etc.) es absolutamente justo. La segunda razón es el eco que estos reclamos está consiguiendo a nivel mundial: han sido las mujeres las que han tomado la bandera del activismo social desde el año pasado lo mismo en Chile que en España o México. La tercera razón es que la violencia en nuestra sociedad está tan desbordada que es seguro que seguirá habiendo víctimas de feminicidio, violación, desaparición, etc; y cualquier caso puede convertirse en detonante (prueba de ello es la movilización que culminó con la toma del edificio de Rectoría tras el homicidio de la profesora Sonia Pérez al interior del Teatro de los Jaguares).
Aún cuando en las dos sesiones de diálogo que las autoridades de la UAEMex han tenido con las activistas se les han conminado a sumarse a los esfuerzos institucionales por erradicar la violencia de género, el acoso y garantizar la seguridad de sus estudiantes y profesoras, es evidente que ellas tienen una agenda alterna. Esta agenda no puede agotarse en las medidas de prevención y vigilancia que les ofrecen las autoridades; más bien se extiende hacia problemas estructurales. Su agenda se centra en visibilizar, problematizar, incomodar en cuestionar, en tratar de demoler estructuras basadas en una serie de principios y valores entendidos que ya no parecen aceptables.
Es verdad, que son un grupo reducido quienes protagonizan el movimiento. Así ha sido históricamente, no todas las personas tienen la valentía, el coraje, el arrojo, la determinación, la convicción de demoler lo existente para volverlo a construir. Pero el que sean pocas no quita –como decíamos antes– que tienen en su entorno un caldo de cultivo que puede hacer crecer la movilización y, por ello, sí habría que advertir que existe la posibilidad de que lleguen a la UAEMex las escenas que hoy tenemos en la UNAM.
Pero, igualmente, tenemos que decirlo: lo difícil no sería organizar paros y tomar instalaciones, sino encontrar la salida a esa situación. En escenarios así se radicalizan las posturas, se distancian los puntos de acuerdo, se llega a las descalificaciones, denostaciones y hasta el uso de la fuerza para restablecer la continuidad institucional.
Ojalá la apuesta sea más bien por la construcción conjunta (aunque necesariamente lenta) de nuevas condiciones de convivencia más equitativas, más justas, más incluyentes. Eso tendría que venir de todas partes, tanto de quienes hoy portan las banderas de lucha como de quienes estamos siendo interpelados por ellas para cambiar, para sumar, para transformar la socialidad.