Los caídos por Covid-19 en México

La “selectividad” que presenta la mortalidad por Covid-19 en el país apunta, nuevamente, a sectores especialmente vulnerables.
20 julio, 2020
Please go to your Post editor » Post Settings » Post Formats tab below your editor to enter video URL.

El mayor número de personas fallecidas eran personas “no ocupadas” o “no remuneradas”, “amas de casa” y “jubiladas o pensionadas”.


La semana pasada comentamos en este mismo espacio sobre quienes económicamente han sido más afectados a causa de la pandemia por Covid-19 en el mundo. Específicamente nos referimos a quienes han perdido su empleo debido a las medidas de mitigación o contención de los contagios. Hicimos notar que las personas con menos preparación, que ocupan los empleos más precarizados y que se ubican en el sector servicios son quienes más han sufrido.

Lee también: Desigualdad agravada por la pandemia

Esta especie de selectividad parece repetirse en el caso de quienes han perdido la vida. De acuerdo con los primeros estudios que están siendo publicados sobre la mortalidad relacionada con la presente pandemia, hay ciertas condiciones demográficas y socioeconómicas que muestran cierta tendencia hacia los sectores menos favorecidos (siempre) de la sociedad mexicana. Veamos algunos números:

De entrada, hasta 70% de aquellos cuya muerte tiene alguna relación con Covid-19 son del sexo masculino. Es decir, por cada mujer fallecida, hay 2.1 hombres que han perdido la vida por esta causa. Luego, casi dos terceras partes de esos hombres fallecidos tenía una edad que oscilaba entre los 40 y 69 años de edad, en tanto que 20%, aproximadamente, era mayor de 70 años. Los porcentajes entre el sexo femenino son muy semejantes: el grueso de las defunciones de este género se ubican entre los 40 y 69 años (65%), de los 70 años en adelante se acumula 27% de los fallecimientos, mientras que el porcentaje restante eran mujeres menores de 40 años.

Al global de defunciones, es el Estado de México el que mayor número aporta (más de 7 mil hasta este fin de semana). Ninguna otra entidad de la república ha presentado más muertes, incluida la Ciudad de México. De hecho, si se omiten los datos de la capital del país, durante buena parte de esta pandemia (por lo menos hasta principios de junio) nuestra entidad aportó más decesos que los otros 30 estados juntos. En las últimas semanas esto ha venido cambiando y en estos días la entidad mexiquense reporta aproximadamente 1 de cada cinco muertes por Covid-19 en el territorio nacional. Y, adicionando los fallecimientos de mexiquenses y capitalinos, en total arrojan más de 50% del total de defunciones por Covid-19 México.

¿A qué se dedicaban las personas que fallecieron por Covid-19?

Uno pensaría que se trataba de aquellas personas que “tenían que salir a trabajar”. Mucho se ha dicho sobre quienes viven al día y tienen obligadamente que estar en la calle buscando el sustento; se les señala como los de más alto riesgo de contagio y, por consecuencia, de padecer Covid-19. Pero, no. El mayor número de personas fallecidas eran personas “no ocupadas” o “no remuneradas”, “amas de casa” y “jubiladas o pensionadas”. Esto último de acuerdo al estudio “Mortalidad por Covid-19 en México. Notas preliminares para un perfil sociodemográfico” (publicado por el Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la UNAM), que incluye cifras de hace poco más de un mes, tiempo en que se realizó el análisis.

Así, pues, esas personas que normalmente estaban en casa, que no laboran, pero enfermaron y murieron por Covid-19 debieron ser contagiadas por alguien de su familia o entorno cercano que sí sale y se expone. Este es uno de los motivos por el que, también en el estudio antes referido, se reporta que las personas muertas a causa de la pandemia de covid en México tenían una escolaridad muy baja: de primaria o inferior. De hecho, sabemos que en nuestro país el promedio de escolaridad hoy es de 9.1 años (secundaria), pero entre las generaciones que se corresponden a quienes hoy tienen más de 45 años era otro el promedio y ello es consistente con el nivel de escolaridad presentado por quienes han muerto a causa de Covid-19.

Igualmente hay consistencia entre las comorbilidades principales que ha presentado esta pandemia en nuestro país: hipertensión, diabetes y sobrepeso, que se concentran ese sector de la población que aporta más decesos a causa de la pandemia (40 a 69 años). Otro dato que es consistente con las tendencias de mortalidad por covid es el de los municipios que presentan porcentajes considerables de población mayor de 65 años (que también aporta un volumen importante de los decesos, como ya se ha dicho): dos municipios mexiquense (Ecatepec y Nezahualcóyotl) y dos delegaciones de la Ciudad de México (Iztapalapa y Gustavo A. Madero) se encuentran entre las ocho localidades con mayor porcentaje de población adulta mayor en todo el país, según la Encuesta Intercensal 2015 del INEGI. El conjunto de estas cuatro demarcaciones arroja varios miles de decesos por Covid-19.


La mortalidad por Covid-19 en nuestro país se ha cebado sobre grupos históricamente desprotegidos: población enferma, envejecida, con bajos ingresos, limitada escolaridad, sin seguridad social y asentada en regiones urbanas precarizadas.


Como puede verse, la “selectividad” que presenta la mortalidad por Covid-19 en el país apunta, nuevamente, a sectores especialmente vulnerables. Nadie olvida que los primeros casos de Covid-19 que se presentaron en México eran de gente que había viajado a Europa y a los Estados Unidos y allá se contagió. Pero entre esas personas no están la mayoría de quienes han muerto, sino entre la parte más baja de la pirámide socioeconómica. Esto lo confirma otro dato relacionado con las instituciones que atendieron los casos que tuvieron un desenlace fatal: más de la mitad no eran derechohabientes del IMSS, ISSSTE o alguna institución afín (mucho menos fueron atendidos en hospitales privados), estuvieron en hospitales generales. Incluso hay un buen número que nunca llegó al hospital, enfermó y agravó en casa, llegando a fallecer en algún lugar de atención médica, donde ya era muy tarde para salvarlos. De hecho, en nuestro país, permanentemente el porcentaje de derechohabiencia no rebasa el 50%, de acuerdo al INEGI. La mayor parte de la población no tiene acceso a servicios de salud y seguridad social, ya sea por el tipo de ocupación que tiene o por la clara desocupación.

Lo que los números conocidos hasta ahora nos permiten deducir es que la mortalidad por Covid-19 en nuestro país se ha cebado sobre grupos históricamente desprotegidos: población enferma, envejecida, con bajos ingresos, limitada escolaridad, sin seguridad social y asentada en regiones urbanas precarizadas. ¿Esto es casual? No. Se trata de la realidad socioeconómica y demográfica en el país. La fragilidad de la misma hace que en ella cualquier factor adicional (delincuencia, desastre natural, enfermedad) incida en niveles mucho mayores. La que vivimos actualmente es la pandemia más importante que ha sufrido el mundo en los últimos 100 años, por ello sus efectos han sido muy severos, especialmente en esos lugares donde vive la gente menos favorecida y marginada, donde la vida se mueve en un muy frágil equilibrio.

El que un alto porcentaje de las personas fallecidas sean adultos mayores, con enfermedades crónicas, desocupados o amas de casa, está relacionado también con dónde viven y con quien conviven. En grupos familiares extendidos, que reúnen de manera habitual a varias generaciones: abuelos, papás, nietos, sobrinos, etc. En ese tipo de hogares, los que salen a trabajar, los que salen a vender, los que están en la calle y están expuestos (por no usar cubrebocas, no asearse las manos con regularidad, no guardar distancia, etc.) al final del día vuelven con sus padres y abuelos o los ven cada fin de semana, porque así es la costumbre. De esa manera tuvo que llegar el virus a sus casas. Luego, la falta de seguridad social, hace que sean limitadas las opciones de qué hacer cuando alguien enferma. A ello hay que sumarse los limitados canales de información que suelen tener y los elementos de los que pueden echar mano para decidir cómo actuar. 

La pandemia sigue. Los casos, aunque con una menor velocidad en algunas regiones del país, siguen sumándose. Igualmente, la realidad demográfica y socieoconómica de nuestra nación es un factor permanente. Debemos saber que el número de muertes seguirá y serán, lamentablemente, personas con las características ya antes descritas. Porque es el país que tenemos, porque es la organización social y económica que hemos generado históricamente, porque es el tipo de patrones culturales y comportamientos recurrentes, porque son las instituciones con las que contamos y porque, como ocurre siempre, en los sistemas de frágil equilibrio, cualquier nuevo elemento que deba gestionarse provoca desorden y degradación.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Síguenos

PUBLICIDAD

BOLETÍN

Únete a nuestra lista de correo

Como tú, odiamos el spam

Te recomendamos