Los mexicanos no somos proclives a seguir las reglas de forma estricta y ello, en este momento, nos pone en riesgo
Hace poco más de dos meses publicamos en este mismo espacio una colaboración titulada “Nuestro Talón de Aquiles ante el Covid-19”, en la que señalábamos un grave problema que se veía venir con la elevada tasa de letalidad que la pandemia causada por el nuevo coronavirus SARS-Cov 2 tendría en nuestro país. Advertimos en aquel momento que, debido a que en términos generales no somos una sociedad saludable, el número de casos graves de Covid.19 podrían derivar en muchas víctimas mortales.
Aun cuando en aquel momento los decesos relacionados con esta enfermedad nueva eran realmente pocos y la gran preocupación era si el sistema de salud se vería rebasado, llegando hasta el dilema de “la última cama”, advertíamos que eran muy altas las probabilidades de que el número de muertes estuviera por encima de la mayoría de países de la región latinoamericana. Sería el costo que tendríamos que pagar –señalamos entonces- por los problemas de obesidad, diabetes, hipertensión, tabaquismo, vida sedentaria; vaya el saldo de varias décadas de no tener hábitos de vida saludable.
Pasados los meses las cosas no han sido tan distintas de como lo vislumbrábamos. Hay que reconocer que hasta el día de hoy nuestro sistema de salud no se ha visto rebasado o colapsó, como sí ocurrió en países europeos y en regiones muy importantes de los Estados Unidos, por ejemplo. No obstante ello, el número de víctimas por el nuevo coronavirus ha sido bastante copiosa: estamos ya por encima de los 22 mil decesos.
Es verdad que en las últimas semanas los números de la Secretaría de Salud han mostrado una tendencia a la desaceleración de los contagios, sobre todo en la zona centro del país, en donde se concentró la pandemia desde marzo; pero estamos todavía lejos de terminar con el problema. Y, sin embargo, es imperioso reabrir la economía porque las consecuencias de no hacerlo serán catastróficas. Esta es la razón por la cual el Consejo Nacional de Salud autorizó desde hace tres semanas la trancisión a la llamada “nueva normalidad”, lo cual implica un nuevo reto y apunta a otro flanco débil de nuestra sociedad. ¿Por qué? Debido a que no somos un país cuya población se caracterice por ser metódica, y hoy lo que se necesita es crear y aplicar protocolos de prevención de contagios de observancia general.
La “nueva normalidad” es precisamente eso: naturalizar, apropiar, generalizar o hacer un hábito acciones como el uso de cubrebocas, la reducción de aforo, la limitación del contacto físico, el monitoreo constante de temperatura corporal y otros síntomas
Así es, en Asia y Europa, donde la pandemia golpeó primero, el regreso a las actividades económicas y sociales en general ha estado marcado por la formulación y puesta en práctica de protocolos bastante estrictos. Los protocolos no son sino una secuencia detallada de los modos de actuación o formas de proceder que deben observarse en nuestro día a día. Ello entraña el comportamiento con base en reglas generales de higiene y asepcia para los espacios públicos y privados, empezando por nuestras viviendas y extendiéndose hasta los centros de trabajo, escuelas, espacios recreativos, religiosos, deportivos de espectáculos, etc.
La “nueva normalidad” es precisamente eso: naturalizar, apropiar, generalizar o hacer un hábito acciones como el uso de cubrebocas, la reducción de aforo, la limitación del contacto físico, la desinfección constante de objetos, material, utencilios, indumentaria, el monitoreo constante de temperatura corporal y otros síntomas. En fin es, sin duda, algo a lo que no estamos acostumbrados. Nuestra sociedad es más bien proclive a la espontaneidad, a comportarse de formas poco planeadas. El “ya mañana veremos”, o el “aviéntate y ahí vas viendo cómo jala” son sólo botones de muestra que condensan modos de ser que no son preparados, diseñados, rígidamente observados en casi todo lo que hacemos.
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A principios de año, cuando poco o nada se sabía del nuevo coronavirus y la enfermedad que provoca, lo primero que se decidió hacer en todo el mundo fueron medidas de distanciamiento social y de cuarentena: reducir el número de contagios para evitar una sobredemanda de servicios médicos y hospitalarios imposible de atender. Se detuvieron las actividades sociales y económicas en prácticamente todo el mundo. Fue una medida temporal; lo que sigue es un comportamiento permanente que siga manteniendo a raya los contagios, en tanto no se cuente con una vacuna y/o tratamientos específicos para el Covid-19, pero que permita seguir trabajando, produciendo, haciendo sociedad. México está precisamente en ese umbral: con base en el sistema de semáforo implementado por el Consejo Nacional de Salud vamos a salir de nueva cuenta a la calle, a la escuela y al trabajo, pero debemos observar protocolos.
Hay que adelantarlo desde ahora: va a ser muy complicado aplicar protocolos en todos lados y eso encierra el grave riesgo de mantener un número estacionario de contagios o, peor aún, re-brotes. Los mexicanos no somos proclives a seguir las reglas de forma estricta y ello, en este momento, nos pone en riesgo.
Caray, parece que esta nueva epidemia nos está dando por los flancos más débiles que tenemos como sociedad.