Cuando algo se vuelve público se convierte en materia de la cual todo mundo puede hablar. Ello no significa, sin embargo, que todo lo que se diga se apegue a la verdad. A partir del momento en que se hizo pública la existencia del virus SARS-CoV-2, que provoca la enfermedad COVID-19, el tema ha sido colocado en condición de ser tratado por miles de millones de personas en todo el mundo. Hablan de este coronavirus los médicos, los políticos, los periodistas, pero también los youtubers, los comediantes, los músicos e igualmente la señora de la tienda de la esquina, el policía, el sacerdote. Todo mundo habla del asunto y por ello es improbable que todo lo que se diga pueda tomarse por verdadero.
“Lo del coronavirus es mentira”, dicen algunos; “es el desafío más fuerte de la humanidad en el último siglo”, sostienen otros; “es un plan para que los chinos controlen la economía”, afirman muchos más; “eso es cosa del gobierno”, argumentan otros tantos. ¿Cómo puede haber visiones tan disímbolas sobre un mismo tema? Precisamente porque es un tema público del que cualquiera puede decir algo, pero evidentemente lo hace desde un ángulo de visión correspondiente con su vida particular. Un médico podría ser alguien a quien se le reconoce autoridad para hablar sobre el tema, dado que se trata de una enfermedad. Pero no necesariamente todo lo que diga puede ser tomado como verdadero, pues es posible que hable sin evidencia clínica, dado que nunca ha atendido algún caso, ni desarrollado investigación alguna que le provea los elementos para sostener una afirmación, salvo sus propias convicciones, aprendizajes, experiencia y hasta prejuicios.
“Lo del coronavirus es mentira”, dicen algunos; “es el desafío más fuerte de la humanidad en el último siglo”, sostienen otros; “es un plan para que los chinos controlen la economía”, afirman muchos más”; “eso es cosa del gobierno”, argumentan otros tantos.
Igualmente, un político (en posición de gobierno o desde la oposición al mismo) puede hablar del asunto y hasta prescribir lo que hay que hacer. Pero ¿por qué habría de creérsele y obedecerle? ¿Puede ser un experto en el tema? Lo más probable es que no; pero tampoco puede ser un experto el vecino, la comadre, el periodista, el policía, el vigilante del supermercado, el “primo de un amigo”. Todos ellos tienen capacidad de juicio, es verdad; y, si sabemos de las capacidades de procesamiento de información que posee el cerebro humano, por ello podría plantearse que, si dos personas que parten del mismo punto inicial y usan la lógica, deberían llegar siempre a la misma conclusión. Luego, entonces, ¿cómo es posible entonces que existan visiones tan disímbolas sobre el tema? ¿Por qué parece tan difícil poner a dos o tres personas de acuerdo al respecto y más bien parece que entre las posturas que están en los extremos ninguna parte logra convencer a la otra?
Necesariamente, hay en muchas de las cosas que se dicen un uso extendido de falacias lógicas. Por ejemplo, hay mucha gente que dice (y hasta lo publica, aprovechando las posibilidades que da una red social virtual como Facebook) que no existen enfermos de COVID-19. En ese mismo sentido hay muchos que afirman que un doctor o enfermera “le dijo” que en los hospitales les están obligando a decir que la gente se muere por coronavirus aunque hayan perecido por accidente. En el otro extremo están los que afirman que hay muchos más enfermos de los que el gobierno reconoce, que la gente está muriendo por decenas de miles, pero los reportan con otras causas de muerte: neumonía atípica, por ejemplo.
O existe la enfermedad y está convirtiéndose en un problema, o no y alguien se la ha inventado y, además, ha coordinado una acción global para que todos “se crean el cuento”, mientras él se frota las manos malévolamente.
Uno tendría que preguntarse ¿qué uso de la lógica se está dando por parte de quienes afirman una cosa u otra?, pues no puede haber un uso unívoco que resulte en conclusiones tan divergentes. En ambos casos, las explicaciones que se construyen parecen válidas, pero no pueden serlo de manera simultánea. O existe la enfermedad y está convirtiéndose en un problema, o no y alguien se la ha inventado y, además, ha coordinado una acción global para que todos “se crean el cuento”, mientras él se frota las manos malévolamente.
Hoy en día, habiendo tanta información disponible en la Internet, siempre habrá posibilidades de dar con alguna que confirme nuestras opiniones (es el “sesgo de confirmación”, que tanto daño hace al razonamiento lógico y a la búsqueda de la verdad) y por ello las dos posturas del ejemplo encuentran eco o “respaldo” entre la gente y por ello terminan coexistiendo. Por ello, en una charla familiar es muy posible encontrar estas dos posturas. Pero luego, esas posturas, al convertirse en criterio para actuar socialmente, derivan, a un mismo tiempo, en gente que usa cubrebocas, guantes, se mantiene a distancia de los otros, ve con recelo a quien estornuda, etc. En tanto que su vecino o pariente organiza fiestas, sale de compras con toda la familia, saluda de beso y abrazo y le dice a su vecino o pariente “eso del coronavirus no existe”, “es mentira”.
Pero no sólo hay un mal uso de la lógica (consciente o no) en alguna de las posturas ya mencionadas, también cuenta la parte biológica, pues las conexiones neuronales más frecuentes en nuestro cerebro nos conducen a elaborar los mismos pensamientos siempre. Dicho en otras palabras, si nosotros solemos asociar gobierno a mentira, ello se vuelve un pensamiento recurrente y nuestras neuronas toman ese “atajo” cuando hay que procesar algún estímulo externo, como puede ser el llamado de las autoridades a quedarse en casa para evitar contagios. Ahí ya estamos hablando de sesgos cognitivos. Y hay psicólogos que los explican como mecanismos que ayudan a procesar la información de manera más eficiente, sobre todo en situaciones de riesgo, y que proceden descartando algunos datos y procesando solo los que se consideran más útiles. Es así que nuestro cerebro nos ayuda a autoconvencernos de algo de lo que ya estábamos convencidos.
O existe la enfermedad y está convirtiéndose en un problema, o no y alguien se la ha inventado y, además, ha coordinado una acción global para que todos “se crean el cuento”, mientras él se frota las manos malévolamente.
Siempre que existe una controversia, vaya siempre que sea posible encontrar una concurrencia de personas con una opinión distinta sobre un asunto público, lo que emergen como evidencia clara es el desacuerdo. Pero luego es posible encontrar que la gente se organiza a partir del desacuerdo: los que piensan de una manera se colocan de un lado (metafóricamente hablando) y los otros en el extremo opuesto; y puede haber muchos “bandos”, muchas posturas. Al tratarse de actores sociales y de posicionamientos, ello nos mueve al terreno de la política: de las cosas que nos incumben a todos. Por ello se hace necesario encontrar aquel punto (porque siempre lo habrá) en el que las posturas se cruzan o pisan suelo común. Desde ahí es desde donde se puede encontrar solución a la controversia. No será posible conceder la razón a todos, pero sí resultará de utilidad reconocer la existencia del disenso para darle salida a la controversia.
El problema más grave ahora sería para el sistema de salud y sus capacidades de atender a todo mundo. Todos nos enfermamos de algo (los que piensan que el coronavirus existe y los que no, o los que piensan que se magnifica o que se minimiza, etc.) y requerimos atención médica. Si deseamos que haya servicios médicos disponibles necesitamos que no todos se enfermen al mismo tiempo, porque no se podría atender a todos a la vez. Entonces, el problema más severo ahora es ese: la capacidad para atender enfermos en las instituciones de salud. Si todos cuidamos nuestra salud en lo general, podemos mitigar la saturación hospitalaria. Puede usted no creer que exista el coronavirus, pero, por favor, cuide su salud; puede usted creer que el gobierno no ha actuado bien, pero, por favor, cuide su salud; puede usted creer que los chinos inventaron el virus y esta es una guerra bacteriológica, así que, por favor, cuide su salud; puede usted decir que el COVID-19 es similar a la gripa, que no es para tanto, pues está bien, pero, por favor cuide su salud. Puede usted creer en lo que quiera, pero cuide su salud para que pueda seguir creyendo en eso mismo por muchos años más y concédale la misma oportunidad al del frente.